Jacques Derrida – Biografía de un melancólico.

Jacques DerridaDerrida: biografía de un melancólico.

En un trabajo exhaustivo y frondoso, el filósofo francés aparece retratado en cuerpo y alma. El desarrollo de su pensamiento, las lecturas, la influencia en el campo intelectual global, los sentimientos, afloran en una compleja historia de vida escrita por Benoît Peeters.

Lo trágico de la existencia es que la significación de lo que vivimos no se determina más que a último momento, en la muerte”. La frase es de Jacques Derrida, uno de los filósofos más importantes del siglo XX. Un pensador que en su afán de comprender la existencia no la excluyó de sus reflexiones. Por eso escribía: para buscar su identidad.

Tras la muerte del filósofo en el año 2004, fue el francés Benoît Peeters quien en Derrida (FCE) intentó vislumbrar ese sentido que al padre de la deconstrucción se le escapó de manera esencial. Para eso, ahondó en sus ochenta obras publicadas, sus infinitos archivos que guardaba casi compulsivamente y las voces de más de un centenar de testigos que lo conocieron de cerca.

Nacido en 1930 en El Biar, un suburbio de Argel, Derrida se recordará en esas épocas como “un pequeño judío negro y muy árabe”, expresando esa particular manera de estar desgarrado entre la judeidad, la argelianidad y la francidad: esas tres pertenencias que convivirán en él hasta sus últimos días. De ahí que sea el concepto de identidad lo que intentará deconstruir a lo largo de su vida en contra de la tiranía de la unidad.

Los actos de exclusión serán centrales en la percepción de sí mismo de este pensador. A los 12 años será expulsado de la escuela durante el gobierno de Vichy por una reducción del porcentaje de judíos en los cursos. Luego de estudiar en París en el Lycée Louis-le-Grand y la Ecole Normale Supérieure, Derrida pondrá fin a “una adolescencia de 32 años” con la publicación de la introducción a El origen de la geometría , de Edmund Husserl.

Jackie será ahora Jacques Derrida. Volcado hacia la escritura, aunque todavía frágil y atormentado, se convertirá en un filósofo francés respetable, en diálogo constante con pensadores como Emmanuel Lévinas, Maurice Blanchot, Michel Foucault, Pierre Bourdieu y Louis Althusser. La deconstrucción será el concepto de moda y Derrida, una estrella erudita. Sin embargo, en Francia seguirá siendo, en sus palabras, “un mal querido”. Y después vendrá el último Derrida. A fines de 1983 muere su gran amigo Paul de Man y rompe su relación con Sylviane Agacinski después de doce años y con la llegada de su hijo extramatrimonial. Entonces, también funda el Collège International de Philosophie y viaja por todo el mundo para formar discípulos y reencuadrar sus teorías. Surge así, sobre el ocaso de sus días, un Derrida cada vez más crítico del marxismo y el estructuralismo, un feminista, anticolonialista, admirador de Charles De Gaulle y Nelson Mandela, que se reconcilia con las partes más subjetivas de su personalidad, hasta su muerte de cáncer de páncreas.

Derrida fue uno de los pocos pensadores contemporáneos que solía recurrir a materiales biográficos en sus obras. En la Antigüedad esto iba de la mano. ¿Cuándo se empieza a separar la vida de la obra de los filósofos?

Es una excelente observación. La filosofía antigua no era una filosofía de profesores. Se practicaba, en el caso de Sócrates o Platón, tomando en consideración la vida de la persona en su conjunto. Probablemente es a partir del siglo XVII, y más tarde con Immanuel Kant, cuando la filosofía comienza a proponer sistemas separados del mundo cotidiano y se separa de las ciencias y las artes para transformarse en una disciplina universitaria específica. A partir de allí se crea una suerte de ideal de anonimato del filósofo. El “yo” se convierte en un “yo” abstracto y pasa a ser un equivalente del “nosotros”. Para Derrida, en cambio, es muy diferente. Se interesa por una gran tradición de filósofos que son autobiográficos: San Agustín, Jean Jacques Rousseau, Friedrich Nietzsche y Søren Kierkegaard. El consideraba que se podía volver a un “yo” mucho más cargado de singularidad. Un sujeto más inestable que no puede decir “nosotros” y que no puede hablar en nombre de una verdad, pero que habla aquí y ahora a partir de una experiencia inquieta.

Sostenía que la autobiografía es imposible porque implica que el “yo” sabe quién es.

Claro. La autobiografía en Derrida es siempre parcial, interroga momentos. Circonfesiónse escribe alrededor de la agonía de su madre, El monolingüismo del otro interroga su propia infancia y su relación con la lengua. No se trata en esos textos de proponer una relación exhaustiva de su vida, como hizo Rousseau en Las confesiones , sino de ir aclarando pequeños fragmentos a partir de meditaciones prolongadas sobre esas pequeñas porciones. Pero sobre la mayor parte de los episodios de su vida, sus años de formación, Derrida no escribió. Entonces el trabajo del biógrafo consiste en iluminar las zonas de sombras que fueron quedando. E incluso, en el caso de aquellas épocas de las que sí habló, aportar algunas luces diferentes sobre esas porciones del tiempo. Por ejemplo, Derrida tuvo en su juventud y en distintos momentos de su vida episodios de melancolía, pero muchos de los que lo conocieron ignoraban eso, porque lo trataron en un momento en el que se había vuelto famoso y mucho más seguro de sí mismo, o porque socialmente no dejaba traslucir esas fragilidades. El rol del escritor que hace su autobiografía y el biógrafo externo son dos construcciones completamente diferentes.

En el retrato a los 60 años en el libro, usted deja ver que Derrida estaba muy atormentado por la idea de la muerte y, sin embargo, se mostraba risueño…

Empleaba una fórmula terrible: “Je marche à la mort, comme le moteur marche à l’essence”. Es un juego de palabras: “Yo ando con la muerte del mismo modo que un motor anda con combustible”, como si la muerte fuera el combustible de la vida. El pensamiento de la muerte no lo abandonó nunca. Y curiosamente, cuando la enfermedad lo tocó con certeza, encontró un tiempo de serenidad frente a esa situación. Uno de sus últimos textos, Aprender por fin a vivir , nos muestra que esa filosofía que muchas veces fue calificada como nihilista o destructiva, es una filosofía de la afirmación. Es una de las cosas que más fuertemente me han quedado de Derrida. Apoyándose en la angustia y la consciencia permanente de la muerte, él va caminando poco a poco hacia la afirmación de un pensamiento de generosidad.

El concepto de deconstrucción tuvo un gran alcance en distintos campos, incluso más allá de la filosofía. ¿Cuál es la influencia que tuvo en el género biográfico?

Ciertamente, puede aplicarse a la idea de biografía. La deconstrucción cuestiona la linealidad cronológica de una vida y, particularmente, lo que podríamos llamar la “ilusión teleológica”. Es una ilusión que nos llevaría a identificar desde el comienzo aquello en lo que se va a convertir un individuo. Yo he tratado de escribir teniendo en cuenta que, en cada momento, sabía tan poco como Derrida de lo que iba a ocurrir después. Como si por haber sido un apasionado por el fútbol, un poco cachafaz y bastante mal alumno en algunas materias cuando era adolescente, hubiese también podido desarrollarse en ese otro aspecto. Hay cosas que podía tomar como idea de la biografía deconstruida, como una manera de mantenerme con cierto nivel de sospecha con respecto a las falsas evidencias. Pero, al mismo tiempo, no quería escribir una biografía que pareciera imitar a Derrida y a su estilo. Eso me parece bastante poco lícito, porque es lo que llamaría el “Efecto club”: hablamos entre nosotros los derrideanos con los derrideanos, como los lacanianos hablan con los lacanianos, y nada sale de allí. No se produce nada nuevo, porque lo que en principio fue una invención se convierte en una manía.

En el libro elige dos fechas como puntos de transición en la vida de Derrida: fines de 1962 y fines de 1983. ¿Cuáles son los criterios de esa división?

No hay cortes abruptos en una vida por supuesto, pero sí puedo decir que las dos fechas que elegí como transición están en cierto modo sobredeterminadas. A fines de 1962, cuando Derrida publica su primer libro, se abre un nuevo período en el que empieza a escribir liberado. Y la segunda ruptura que establezco a fines del año 1983 corresponde a la época en que muere Paul de Man, su transferencia de la Escuela Normal Superior a la Escuela de Altos Estudios, entre otras cosas. Lamentablemente, los momentos claves de una vida se perciben una vez que esa vida ya terminó. A mí me ocurrió lo mismo con el libro: un montón de cosas tomaron sentido para mí cuando ya había terminado de escribirlo. Naturalmente, nunca tenemos sobre nuestra propia vida la posibilidad y la capacidad de tener esa mirada sobre el conjunto. Podría ocurrir que el ejercicio de la biografía sea una manera de consolarse del imposible sentido de nuestra propia vida.

Usted ya ha escrito tres biografías sobre Paul Valéry, Hergé y ahora Jacques Derrida. Si pudiera hacer una introspección, ¿qué rol tendría esta fascinación por las biografías en su vida, en una interrelación entre vida y obra?

Toda biografía también es un fragmento de autobiografía del que está escribiendo. El punto común que destaco entre estos tres personajes que son muy diferentes entre sí es el aspecto melancólico de sus personalidades y la intensidad de las crisis depresivas que han atravesado. Pero yo no creo tener ese temperamento. A lo mejor quise acercarme a ellos porque conocía mal ese aspecto y lo viví por transposición a través de ellos. O a lo mejor soy un melancólico que se ignora a sí mismo.

¿Considera que pudo obtener toda la información que necesitaba para la biografía o hay algún testigo importante que le hubiera gustado entrevistar?

Por supuesto, hay gente ya muerta, testigos fundamentales que habría querido interrogar: Paul de Man, Sarah Kofman o Philippe Lacoue-Labarthe, que fueron muy importantes para Derrida. Pero en esos casos tuve acceso a su correspondencia completa, que muchas veces es más elocuente que el testigo mismo. El testigo más importante que no pude interrogar fue Sylviane Agacinski, que vivió una historia de amor con él durante doce años y no quiso hablar directamente de esa relación. Sin embargo, intercambiamos una cierta cantidad de correos electrónicos y, respetando la intimidad de esa relación, pude tomar contacto con una cierta cantidad de elementos importantes. Hay una correspondencia monumental entre ella y Derrida que a lo mejor será publicada algún día o quedará en el secreto, ¿por qué no?

Estaba muy atado al secreto, ¿no es así?

Sí, lo que no quiere decir que fuera un escondedor. Pensaba que el secreto ocupaba un lugar esencial en la vida y eso yo lo quise respetar también.

Derrida se encontró con Jorge Luis Borges varias veces. ¿Puede decirnos cómo fueron esos encuentros?

Hay algunos escritos furtivos sobre Borges, no hay grandes textos. Creo que Borges lo intimidaba un poco, porque por un lado era un escritor de ficción –cosa que Derrida hubiera querido ser–, pero también era un gran conocedor de la tradición de pensamiento. Y no podía tratar con él como con un escritor cualquiera.

La figura de Derrida trascendió más en otros países del mundo, como Estados Unidos por ejemplo, que en Francia. ¿A qué se deben estas lecturas diferenciadas?

Francia le generó ciertas trabas desde el principio, sobre todo desde el punto de vista institucional. No hizo una carrera muy importante en la Universidad francesa y sufrió mucho por eso.

Se sentía como el “mal querido”.

Si, él lo decía así. Pero al mismo tiempo fue una oportunidad, porque hizo que no se encerrara en la escena francesa y pudiera tener una mirada muy abierta sobre el mundo y confrontar su pensamiento con los de otros lugares. Eso le impuso el hecho de salir del campo estricto de la filosofía. En Francia era percibido como un filósofo, pero en Estado Unidos, el peso de la filosofía analítica y el rechazo de la filosofía continental le permitieron trabajar en otros departamentos: literatura, derecho, ciencias políticas, arquitectura y teología. Y eso hizo que su influencia fuera penetrando en otros ámbitos y aparecieran nuevos campos de estudio y disciplinas. Estudios feministas, estudios postcoloniales, estudios de género, estudios culturales. Son campos que un pensamiento como el de Derrida contribuyó a ampliar y legitimar. Aunque quizás él no las haya vivido de esa manera, las dificultades, al final, se convirtieron en oportunidades.

Fuente: www.revistaenie.clarin.com

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